Un mundo ordenado.

El mundo de mi infancia estaba ordenado debidamente, así que todos teníamos las ideas claras. El hombre era el rey de la creación y todos los seres vivos estaban bajo su dominio.

Nosotros pertenecíamos a las naciones civilizadas que eran, a saber, los europeos, los asiáticos y los americanos del norte. En África y en Oceanía vivían mayormente los salvajes, gentes sin civilizar y casi siempre caníbales. En Centro y Sudamérica había un poco de todo. 

Los negros de África eran caníbales, se comían a los misioneros y se morían de hambre, valga la contradicción, así que necesitaban de nuestras limosnas para poder ir tirando. Y para evitar, en lo posible, que siguieran comiéndose a los misioneros blancos. Con poco éxito, como demostraban las películas de Tarzán. Cuando se morían de hambre recibían el apelativo de 'pobres negritos', en las demás ocasiones eran salvajes caníbales. 

Los salvajes eran supersticiosos y no tenía una religión verdadera, aunque se resistían, incomprensiblemente, a aceptar la nuestra. No usaban vestidos, sino taparrabos o bien unas falditas hechas con matojos de hierbas secas. Las negras iban todo el día por ahí con las tetas al aire y a nadie le importaba mucho, ni a ellas, ni a los que las filmaban para los documentales del NO-DO. Ese era un hecho que nunca me sorprendió demasiado. Los negros no eran como nosotros, eran como de otra especie y, en cualquier caso, inferiores a los blancos, por supuesto. Eso explicaba que los documentales que veíamos con las negras de las tetas no trajeran censura ninguna, ni siquiera cuando los ponían en el Colegio de los Salesianos, que eran curas. No levantaban las pasiones. Si fueran blancas, sería completamente distinto.

Las mujeres tenían su propio mundo. Que se encontraba un escalón por debajo del de los hombres. Y los chavales teníamos nuestro mundo, separado del de los adultos y del de las chicas. Las chicas no contaban para las cosas serias. Sólo servían para que chillasen cuando alguien les tiraba de las trenzas o les levantaba las faldas. Se enfadaban mucho. Pero lo que menos les gustaba era que no les hiciéramos caso.

Desde entonces los años han pasado y ahora vivimos en una sociedad multicultural. Pero yo no he tenido tiempo de acostumbrarme y me cuesta ver a los negros como si fueran personas normales. Para ser preciso, mi lado iquierdo del cebrebro lo acepta con toda su capacidad racional. Pero mi lado derecho me sigue diciendo que esos sujetos de piel oscura son peligrosos caníbales sin civilizar y que sin darnos cuenta estamos permitiendo al mono que se haga con el volante del camión y con la metralleta.


Comentarios